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Presentación del libro A escondidas de la memoria

Por Rafael de Águila

18 de marzo de 2009
Fortaleza de La Cabaña, La Habana, Cuba

Buenas tardes a todos.


De Águila. La presentación

Presentar un libro, el autor ahí, a un lado, es, no hay dudas, un rotundo privilegio y una enorme responsabilidad. Presentaré hoy, marcaré, de alguna tenue manera, la vida que en lo adelante hará suya, por derecho propio, este libro, A escondidas de la memoria, el tercero entre los libros escritos por Edgar London, sin el enorme privilegio de que el autor esté aquí, a un lado. Pese a todo no le fue dable abandonar el terruño mexicano, donde reside y labora, para estar hoy acá, con nosotros, con sus padres, su pequeña hija y su naciente libro. Y si bien perdemos el privilegio de la presencia en modo alguno mengua la enorme responsabilidad. Esa enorme responsabilidad que es tomar un libro de la mano, instarlo a dar los primeros pasos, decirle: Libro, he ahí a tus lectores, y a ustedes: Lectores: he aquí un libro.  Sostenía Goethe que se debía entrar a un libro como se entraba a una capilla. Atrevámonos a parafrasear al genio alemán: entremos a este libro como se entra en una muchacha, que es decir, reclamando las debidas indulgencias por la blasfemia, con la extrema divinidad de entrar en una capilla. Y es que desde la transubstanciación que nos anega a la grupa de la mágica sinonimia, libro, capilla y muchacha se entreveran en paganos visajes desde las páginas de este libro.

Un centro tripartito rige estas páginas: amor, sexo y muerte. Centro tripartito que ha tutelado desde siempre y por siempre las historias humanas. Eros y Tanatos. Y Ella. Un Ella con mayúsculas. La mujer que es Eros, y es, a una vez destierro y maceración de Tanatos. Sabemos muy bien que del Tres suele, impenitente, emanar siempre un Cuatro. La mujer corre por estas páginas y es que sin la mujer quizá no existieran los libros. Centro mitopoético, mito y poiesis, la mujer conforma algo no vislumbrado por Galileo, un universo sexocéntrico. La X es una mujer de brazos y piernas abiertas, leemos en este libro. Extraña metamorfosis esa en la que una letra se transmuta en mujer. El lenguaje como ideograma de lo femenino. El libro como ideograma. Lo eterno femenino nos empuja hacia lo alto, escribiría también Goethe. Siete serán aquí las historias, por todas ellas pulularán, divinas, malditas, atemporales, violadoras de la memoria que jamás podrá olvidarlas, tan sólo esconderlas, mujeres. Reales o virtuales serán, desde hoy, desde este aquí y este ahora, mujeres leídas, que es decir, vivas.

 
A escondidas de la memoria exhibe esa suerte de asepsia lingüística que alguna vez  señalé al autor
 

Una marcada intertextualidad infiltra y filtra algunas de estas piezas. Tras milenios de historia escritural todo libro es hoy, al decir de Gerald Genette, un hipertexto. Se escribe desde los libros que nos han antecedido. Todo libro se levanta desde el impacto de las personalísimas lecturas de su autor con el maderamen de sus propias obsesiones, obsesiones que no son sino meras versiones de las obsesiones de otros, memoria genética que une a vivos, fallecidos y nonatos, maderamen de obsesiones conformadas en Edgar London desde la subjetiva recepción de letras urdidas por Margarite Duras, Borges, Cortázar, Kundera, Hemingway, Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante. A algunos se les menciona, a otros se les invoca desde la sombra, como en una liturgia, una ascesis.

Tengo la no confirmada sospecha de que, páginas mediante, el autor intenta, si bien no como tesis sino como técnica, travesear con el Tiempo. No es la tesis del tiempo, es la hechura desde el tiempo. Desde esa travesura, esa ludotecnia, se levanta este libro. Se me antoja este un libro ludotemporal. Desde el título se nos anuncia: esconderse de la memoria, suerte de cobijo de autodefensa según el cual se perpetúa el recuerdo y se queda a salvo de sus ominosos dardos. Esconderse de la memoria: anular el tiempo. Eso creía Berkeley. No alcanzo a dilucidar si el rasgo lúdico alude a una mera sacadura de lengua o a un resignarse entre sus fauces. No logro visualizar, de seguro alcanzarán a hacerlo ustedes, si este afán lúdico nos coloca a lomo del tiempo o bajo sus siempre luctuosas patas. Mas trastocando el tiempo (y seguramente trastocado por él) se escribió este libro. Para tales travesuras con el tiempo se regodea el autor en la temporalización retrospectiva y prospectiva, una focalización difuminada por prolepsis que nos arrojan al futuro o analepsis que nos crean, recrean y descrean el pasado. Sobre los personajes (y sobre nosotros, sus lectores) será lanzados, en ucrónica alternancia, un pamdemonium de pasados, presentes y futuros, para devolverlos (devolvernos) a un presente que casi siempre los (nos) pierde. El autor parece lanzarse desde aquel postulado de la física einsteniana que nos lega al tiempo como cuarta dimensión del espacio. Si la teoría narratológica identifica al narratario como el ser virtual al que habla esa otra virtualidad que es el narrador, en este libro puede no seamos meros lectores, sospecho que el autor nos desea a todos narratarios, a todos se nos habla desde estas páginas. Para el autor, de algún modo, todos estamos acá dentro.


Letras urdidas . Como una liturgia

Todo este vendaval cronotópico permite alguna vez a la primera persona, narrador homodiégetico, como suelen llamarle los teóricos, el devaneo de la omnisciencia, primera persona que, oculta durante todo el relato, se mueve (y desde su lente nos moverá a nosotros de este lado de la página) en una multiplicidad de planos temporales espaciales que parecen hurtarle a la tercera persona, extrañamente, el privilegio de la omnisciencia. La serenidad de un caos de historias dentro de historias termina por conformar la Historia.

Libros hay en los que el lenguaje deviene personaje, el lenguaje un actante. A escondidas de la memoria exhibe esa suerte de asepsia lingüística que alguna vez  señalé al autor, asepsia fría y precisa, escalpelo de cirujano que demuda (y desnuda) la emoción, asepsia que, no obstante, se permite la reincidencia en ese otro juego, no menos atrevido que aquellos devaneos con el tiempo, el solazarse con el lenguaje, el ingenio de la frase, lo que aventuro en llamar iconografía verbal. Juego ese, que, lo sabemos bien, seduce y arrastra. No se deja arrastrar, sin embargo el autor. Es este un libro donde el Qué se narra y el Cómo se narra, esa dúplice entidad que, permítaseme el reduccionismo, es toda obra, se mixturan, se imbrican, se entreveran, sin desbalance alguno, historia y técnica narrativa están acodados ahí, asomados a la página, mirándonos, regodeándose, haciéndonos guiños quizá, todo en natural armonía, sin que una empoce o deslustre a la otra, partes ambas de ese calidoscopio multánime que es un libro.

Si los humanos necesitan de un espacio donde criar su soledad, como sostiene uno de los personajes de este libro, tendrán los lectores en él (y por él) un espacio donde negarla. Quizá negar la soledad sea el primero de los motivos que nos mueven a escribir y a leer historias. El segundo puede sea mantener vivo el recuerdo, latente, ubicuo, aunque ello ocurra, a escondidas de la memoria, sesgo de permitida autodefensa, manera esa sin duda sagaz de eternizar y negar el tiempo, premisa que supone la negación de la muerte. Una y otra vez: maceración de Tanatos.

De alguna manera, así como ha intentado burlar al tiempo, ha burlado el autor los espacios y ha estado aquí hoy, con nosotros. Digamos pues, Libro: he aquí tus lectores. Lectores: he aquí un libro. Libro: haz lo que un día Lázaro: resurge et ambula. Levántate y camina. Lectores: nieguen la soledad, saquen la lengua al tiempo, maceren por siempre a Tanatos, mantengan lo más sagrado a salvo, Eros, los cuerpos y las almas,  aquellos de alguna vez, bien adentro, imperceptibles, sin dardos que laceren, mas sin olvidos que hundan, ahí, a escondidas de la memoria. Recuerden la tesis que sostiene la última de las oraciones de este libro: tal vez todo cuento no sea sino otro cuento con nombre de mujer.

Muchas gracias.

 

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