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Edgar London
 
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PortadasLo confieso: escribo porque no puedo evitarlo.

Soy perfectamente capaz de poner en duda mis convicciones políticas, mis habilidades académicas o mi agnosticismo desmedido, pero no el reclamo que me llevará, tarde o temprano, a enfrentarme a una hoja en blanco.

Aprendí —entre años y caídas— que la verdadera literatura no se desperdicia en libros. Mejor se emplea en truculencias y amores que luego pudieran fenecer en volúmenes inciertos.

Antes soñaba con multiplicar títulos a mi nombre. Hoy, en cambio, me conformo con restarle urgencia a mis palabras.

De esta suerte soy consecuencia. Espero, de las letras, hacerme causa.

En Cuba lo único que hemos heredado de nuestros indígenas, no es el valor de Guamá, sino la mudez de sus mascotas

 

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¿Sabías que...?
 

Casi todos los cuentos del segundo libro de Edgar London ―(Pen)últimas palabras (2002)― son anteriores a los de su predecesor ―El nieto del lobo (2000)―. ¿La razón? El manuscrito, tras ser entregado, tardó más de cinco años en publicarse.

 
 
 

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